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crónicas desde la orilla

Aguacero en las afueras

La avenida de Los Castros que parte de un mirador abierto al mar, conserva ese aire de salinidad y desierto tan característico de una vaguada en una ciudad portuaria, las corrientes naturales fluyen bajo tierra y asfalto, y el ruido del tráfico empareda ese rumor que siempre acompaña al agua subterránea. A un lado del arcén los solemnes edificios de las universidades se intercalan con zonas verdes; al otro, urbanizaciones con bares, librerías, tiendas de muebles o talleres mecánicos en los pisos bajos ocultan una barriada. Una vez hace años las alcantarillas de esa barriada saltaron. M., R. y yo andábamos por la acera cercana al parque de La Teja. No recuerdo por qué estábamos allí, ni cuál era el plan ineludible que había hecho que saliéramos de casa. Unos instantes antes el aire había soplado seco y pesado y, al mismo tiempo, dominado por cierta ingravidez, una especie de polvo amarillo parecía flotar en la atmósfera invisible. Ese espacio sagrado se transformó inesperadamente en una cortina de agua donde nuestros cuerpos estorbaban; en segundos el agua circulaba impetuosa hacia dos cuestas en las que desembocaban los extremos de la calzada. Mis hermanas y yo cogidas de la mano intentamos avanzar pero cada vez fluía más furiosa a la altura de nuestras rodillas, había tomado un color parduzco y se precipitaba  como si estuviera poseída por culebras endiabladas. Nos reímos de inconsciencia y también porque en parte era agradable estar empapadas de ese frescor impulsivo y salvaje. Éramos las únicas personas en aquella explanada líquida y repentina; los coches, las vayas y los árboles resistían al aguacero como siluetas esponjosas.

Pasamos varios minutos bajo el silencio que acogía aquel vértigo acuoso; de súbito, por la carretera convertida en río surgieron dos faros de un coche encendidos, poco a poco el vehículo tomó forma perdiendo insignificancia.  Mi padre iba al volante, acompañado de mi madre en el asiento del copiloto. Las ruedas del Citröen AX rodaban completamente sumergidas en el agua hacia nosostras. Sin parar, abrieron la puerta trasera y saltamos dentro. Empapadas enmudecimos hasta que mi padre desvió el coche por la cuesta que conducía a la calle Honduras; por suerte, el nivel del agua  se fue debilitando a medida que ascendía. Ahora sé que aquello fue una temeridad. El barrio había sido levantado en una zona montañosa. Aquella imagen líquida y enlodada de las calles empinadas no se me ha olvidado nunca y hoy bullen con más fuerza en mi cabeza al ver en la televisión las inundaciones de los últimos días.

Fotografía de Kristina Litvjak. Fuente Unplash

Este verano he vuelto a pasear por el barrio, no ha perdido ese ánimo desangelado que siempre habita en el extrarradio: retazos de pastos y gramíneas, barandillas levantadas a base de ladrillos rojos, zonas verdes repletas de ortigas y rastrojos, casetos con pintadas bicolores, cartones abandonados en las esquinas… A veces añoro esa decrepitud ingenua, esa solemnidad de lo incipiente, esa incomunicación de los días sin teléfonos móviles en los que salías de casa sin adelantarte al peligro, esa suciedad entre brotes de flores silvestres, esa gravilla de los aparcamientos en obras, ese sonido de las musarañas en los terraplenes, esa rotundidad de una naturaleza que aún no estaba maltratada hasta la extenuación. A veces, añoro las afueras.

#crónicasdesdelaorilla #clarisaligarde

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