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crónicas desde la orilla

El verano que conocí a Faulkner

Desde junio había soplado en la ciudad el viento nordeste y el cielo casi todos los días había quedado liberado de cualquier nube, sin embargo, persistía en mí esa docilidad y esa culpa de quien tiene tareas pendientes por hacer. Me resistía a sacar los bikinis del armario, elegir la ropa que entonaba con la última tendencia de moda y bajar a la playa. El verano comenzaba tardío para mí con esa mezcla de impuntualidad y cansancio que provoca cualquier espera.

Mi último manuscrito, mi trabajo de la tarde en el despacho de la abogada, la casa patas arriba, los paseos con mi perro, los libros que había empezado a leer…, faltaban horas en el día para que me parara a pensar que era el momento de descansar. Cuando quise darme cuenta estaba en la primera semana de agosto, en mi piso no había llegado el olor a crema solar y arena como había sucedido otros años, y había decidido no empaquetar la ropa de verano en una maleta y elegir el destino estival obligado. «Viajar a ningún lado», me había dicho, «el mes de agosto es el peor mes para coger cualquier transporte». Quedarme en la ciudad era una opción demasiado tentadora después de un año «agotador», no sólo por la carga de trabajo sino por algunos sucesos familiares que me había prometido enmudecer en mi mente. Fue mi hermana la que me dijo «lee este libro, te va a gustar, se parece algo a ti». El ruido y la furia (1929) de William Faulkner cayó como si tal cosa en mis manos. Tenía otros pendientes por leer. «Lo recomendaban en una de esas listas de libros que hay que leer en la vida», me había dicho mi hermana, «cuando lo acabas sientes ese ruido y esa furia».

Llena de curiosidad lo abrí y comencé a leer, de inmediato me imbuí en la trágica historia en torno a los miembros de una antigua familia hacendada del Sur, donde la lenta corrosión del tiempo, así como el desvanecimiento y la perversión hacían intangible el paraíso de la infancia. Las cuatro voces de los cuatro narradores eran tan vívidas que en algún momento, mientras leía la novela en la playa salvaje en la que me encontraba al otro lado de la ciudad, llegué a pensar que estaba en esa casa familiar de madera llena de penumbra. «Sí, es de los míos», me dije al acabar, disfruté cada página de la oscura novela.

Fotografía de Tom Radetzki en Unplash

Al día siguiente el tiempo acompañaba, así que cogí de nuevo la lancha destino a la playa salvaje. Era primera hora del día, la embarcación se llenaba poco a poco de gente, en la escalinata del muelle una peregrina lanzaba algas al agua como objeto de juego a un perro negro; unos peldaños en descenso, un vagabundo se sumergía de cintura para abajo en la marea que desembocaba en la estructura de madera hincada en el lecho marino; nadie le miraba, como si la vergüenza fuera algo compartido. Las gafas de sol me permitieron observarle sin que los que estaban sentados a mi lado reparan en mi curiosidad. El vagabundo descargaba un botín de papeles de una bolsa de basura en el agua; la lancha arrancó, mientras se alejaba él hablaba haciendo aspavientos a los papeles que había dejado flotando. Pensé que cada uno exorcizaba sus demonios como podía. Apreté la bolsa de la playa debajo de mi axila. Llevaba en su interior otra novela de Falkuner: Santuario.

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