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Desde la orilla,  Pódcast

Fuera del campo de batalla

Hay luces que despiertan los más bellos recuerdos, sombras que palpitan dentro de ti y ni si quiera puedes describir, te acompañan. 

Así comenzaba apenas hace tres días la nueva entrada del blog, mi intención era escribir sobre la lectura de Nada (1945), novela escrita por la irrepetible Carmen Laforet, situada en la Barcelona de postguerra. Aquella primera intención ha quedado, aunque me resista a ello, prácticamente relegada. Cuando escribo estas líneas es 26 de febrero de 2022, en la madrugada del 24 de febrero comenzó la invasión de Ucrania. Desde entonces he podido escribir más bien poco, leer poesía apenas, he echado una ojeada a la última novela que compré en la librería cerca del despacho donde trabajo. En el raro aturdimiento que me acompaña leo las primera frases de esa última adquisición, El año del pensamiento mágico, de Joan Didion: «La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante». Recuerdo que fui feliz con el libro entre las manos pensando en todo lo que me quedaba por leer, subía la cuesta que lleva a la panadería  Obrador Artesana, cita ineludible los sábados por la mañana, me disponía a comprar un par de petit suisse (guardo una adicción casi autómata por el sabor artesanal de los pasteles). Ese recuerdo ahora resulta banal, carece de sentido; miles de personas han quedado atrapadas en Ucrania y se debaten entre la vida y la muerte, el cielo se ha vuelto un infierno por las noches para ellos.

Fuera de ese campo de batalla tan lejano y a la vez tan próximo, el día en un entorno sin violencia se antoja extraordinario, tal vez, incluso inmerecido. Twitter, las redes sociales,  se han convertido en otro campo de batalla, en este caso, de información y desinformación frenético, algo perverso, el avance de un conflicto detallado a tiempo real corre el terrible riesgo de convertirse en algo cotidiano, uno puede notar fácilmente su efecto anestesiante ante el dolor de los demás.

Pero volvamos a Nada, de Carmen Laforet, relata un tiempo hasta hace poco olvidado para muchos de nosotros, la cicatriz y la esperanza de un país herido de muerte después de una terrible guerra civil. Al leer la novela visualicé aquel periodo como un tiempo pasado, de no retorno, ajeno, donde muchos sufrieron la carestía y una vida repleta de resentimientos para ofrecernos el futuro  en paz que apenas hace unos días aún creíamos poseer. Hay episodios magistrales, no solo por su profunda narrativa, sino también por sus expresivos diálogos, francos, a veces turbadores, poéticos, de una verdad y una intimidad a la que no estaba  por aquel entonces acostumbrada la literatura española. Nada y sus personajes intensos, una trama con sus tramas diversas, profundos y sobrecogedores diálogos, personajes devastadores y crípticos. Destruidos.

“Fuera de ese campo de batalla tan lejano y a la vez tan próximo, el día en un entorno sin violencia se antoja extraordinario, tal vez, incluso inmerecido”

Cuando se publicó la novela los jóvenes que habían vivido la guerra civil española en la retaguardia y sufrían sus consecuencias en una larga postguerra -el hambre, la pobreza, la falta de perspectivas-, se sintieron identificados con la protagonista, y, por qué no decirlo, con la valentía de su autora. Carmen Laforet iba escribiendo en todas partes y en ninguna parte, en la universidad, en casa de sus abuelos, en el parque… Un deambular, una búsqueda.

Hoy muchos de nosotros, jóvenes y no tan jóvenes, quizá atesoremos la misma sensación errática, de pérdida, que su protagonista. La literatura  en ocasiones tiene un gran poder  de perspectiva y Nada tiene sin duda esa cualidad, más aún hoy, en los tiempo que vivimos. La inercia recorre la novela; el hambre, la languidez, la amistad, la posibilidad de nuevos mundos y ámbitos de conocimiento. Nada, en estos días de desazón y pérdida puede ser un refugio, un estímulo, en mi caso, me ha servido para retomar la escritura en forma de este pequeño artículo.

Carmen Laforet abrió camino, una forma de escribir más libre, más natural, más moderna, fuera de estrecheces, alejada de ese régimen que había sumido a la sociedad en la represión, es una primera obra maestra realmente femenina. Me pregunto si estamos viviendo ya, de manera global y estricta, un profundo retroceso en ese sentido. Así comienza la novela:

«Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba a la gran Estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes tenían para mí un gran encanto, ya que envolvían todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, añorada en mis sueños por desconocida»

Andrea, su protagonista, soñadora, libre, anémica, busca en Barcelona el comienzo de una vida propia,  en sus nuevas amistades su verdadera  familia. Hoy, desgraciadamente, hay tantos sueños, tantas vidas perdidas.

Poeta y escritora

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