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Pódcast,  Té con Clarisa

El refugio de los libros

Regreso a este lugar apartado en la orilla, transparente, salado, luminoso, sombrío, donde las impresiones emergen o se quiebran, el mar inagotable bate en sus aguas la luz de la primavera fría. La estación del año se ha hecho esperar en la ciudad como si el cielo se resistiera al paso del tiempo, como si las aceras hubieran quedado prisioneras en las heladas matutinas e invernales. Si estuviera cerca del mar escribiendo, sentada en la silla de playa o en alguno de los bancos en el parque aledaño, la brisa pesada y profunda empaparía estas primeras líneas; siendo una simple observadora insistiría en la visión azulada de los recuerdos de infancia. El azul embaucador, soñador, cuando dejo de imaginar, por mí imagina. 

La urbanización donde resido, pequeña, soleada, cercana a dos colegios, está situada a cinco minutos del centro. Todos los vecinos nos conocemos. Lo menciono porque eso hace más difícil cualquier reproche por pequeño que sea. Una sombra amarilla ha comenzado asomar en el techo del cuarto donde escribo, proviene de la ducha de arriba. Tardaré unos días en llamar a la puerta de la vecina; sería mejor que zanjara la cuestión hoy mismo, no esperar a que pasen los días, pero las primeras intenciones casi siempre no cuentan, lo inmediato se vuelve más pronto que tarde intrascendente.

Lo inmediato se vuelve más pronto que tarde intrascendente

En este mes de abril todo parece romperse: el mango de la ducha, el viejo ordenador de diez años del que me he tenido que desprender, la pluma estilográfica; todo parece perder su esencia, el vigor de las primeras voluntades se ha ido debilitando, como la mancha de petróleo en el mar, o la ola que se repite. Hoy 11 de abril, tristemente, existen playas, repletas de minas para disuadir la invasión del enemigo, zonas muertas que antes han sido vivas, han pertenecido a la gente; el poder del mar, el litoral, en lugares como Ucrania, han perdido su esencia, solo las gaviotas se atreven a sobrevolarlos. 

La unidad inquebrantable de Europa, aquella primera intención, tras la Segunda Guerra Mundial, en 1950, cuando el estadista francés Robert Schuman  impulsó la reconstrucción y unión del continente, estableció que Francia y Alemania  trabajaran juntas en el sector del carbón y el acero, ha dejado de darse por supuesta: Hungría accede a pagar en rublos el petróleo de Rusia, Alemania no está dispuesta a sacrificar su estabilidad económica en la lucha por debilitar a Rusia. Es época de solemnidades, de antiguas intenciones, pero también de deslealtades, violencia extrema. En la Europa de paz, el día a día es el mismo, en países como España se respira una relativa calma, nada ha cambiado aparte de la inflación al 7,6%; o tal vez sí, tal vez esa calma sea momentánea, algo prestado.

Durante el mediodía, mientras preparaba un plato combinado de piriñaca con patatas baraka y un filete de hígado de ternera rebozado, intentaba escuchar la radio, la algarabía del patio del colegio y el ruido del extractor de humo, a intervalos, me lo impedía. “Tenía miedo de ducharme”, la voz de una mujer dulce, débil, en el transistor, describía su llegada al centro de refugiados en Barcelona. “Me obligaba a comer”, detallaba al describir sus angustiosos días en Kiev. “No podía dormir por si empezaban a sonar las sirenas y tenía que bajar al refugio (…) me consideraba una persona valiente,  en un principio no tenía idea de marcharme, pero la situación me superó anímicamente. Me he tenido que venir”. Su español exquisito. Su entereza al compartir la angustiosa huída. Me pregunté cómo de valiente hubiera sido yo en las mismas circunstancias, cuál hubiera sido mi primera intención.

Una gata maúlla en el jardín trasero. Pinta, de ojos almendrados, olisquea la margaritas entre la hierba desmadejada, su vientre terriblemente inflamado tropieza con las ramas podadas de las hortensias. Su supervivencia brutal, callejera, felina, transcurre ajena a los transeúntes del callejón; lo que la rodea es un riesgo para las crías que lleva dentro de su vientre. La vida y la muerte, en un ser vulnerable y fiero. Esa nueva visión, esa nueva ola me lleva de regreso a Ucrania, identifico la misma fiereza, salvaje, silenciosa, en las imágenes que proliferan estos días en las televisiones, las redes sociales, madres que guían a sus hijos silenciosamente por largas colas, en estaciones de tren, o paradas de autobús, aun a riesgo de que un misil activo Tochka-U impacte a pocos metros del andén. Un futuro desconocido, un territorio extranjero, a merced de la solidaridad de los habitantes donde acabará el periplo. Esas imágenes de vida se intercalan con otras mucho más devastadoras: muñecos de unicornios ensangrentados, vasos de café derramados cerca de cadáveres, cajas de bombones o manzanas esparcidas por el asfalto, abandonadas a su suerte después de haber sido preparadas para un viaje que nunca llegó a su fin. Una intención, una ola de ida y vuelta.

En el vaivén de la marea de información, de imágenes atroces, mi interés por la actualidad cultural sigue algo relegada. He logrado imbuirme en una recopilación de cuentos y prosa de Jame Joyce, tal vez porque en sí misma su lectura implica un desafío. La edición, de la editorial Páginas de Espuma ha tenido un acierto al intercalar los escritos del autor irlandés con las anotaciones de Diego Garrido. La antología reúne por primera vez en español todos los cuentos y formas breves plasmando la evolución del universo joyceano a lo largo de cuarenta años de escritura. El lector puede vislumbrar la compleja personalidad del escritor; a veces genuina, otras cruel, su imperturbable visión de la vida. Prácticamente apolítico, Jame Joyce se sintió atraído por la  socialdemocracia alemana en su día,  en tanto en cuanto  el Estado pudiera proveerle de una modo de vida mientras llevaba a cabo su ambiciosa obra. Joyce puso su arte por delante de todo lo demás, tanto fue así que el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo consideró un boicot de las altas esferas con la única intención de menospreciar su recién publicada novela cómica Finnegans Wakes. Me pregunto si la trascendencia de una obra es directamente proporcional a la ambición del autor que la escribe. 

La antología reúne por primera vez en español todos los cuentos y firmas breves plasmando la evolución del universo joyceano a lo largo de cuarenta años de escritura

Jame Joyce fue el segundo hijo de una familia de dieciséis hermanos, un padre violento y alcohólico, vivió una infancia bajo una estricta educación católica y una adolescencia sumida en las contradicciones religiosas. Joyce se sentía en Dublín enterrado en vida, huyó de sus raíces para volver a ellas,  en búsqueda de una identidad propia. Relatos como Eveline, Dos Galanes o Las Hermanas, entre otros, junto a las precisas anotaciones de la edición crean un perfil de James Joyce exacto, rico en matices, aleja la visión de escritor inalcanzable.  Cada personaje, cada creación  literaria -relato, fragmento, Epifanía, pasaje, poema o novela-,  tiene un por qué, un sentido íntimo con la vida del escritor irlandés. 

Abstraerse de la realidad y concluir una obra es difícil en los tiempos que corren. La barbarie de la invasión en Ucrania llena las hojas de los periódicos y las horas de radio, las tendencias en twitter,  las fakes news…  El clickbait está a la orden del día. Término acuñado en 1999, es un neologismo en inglés usado de forma peyorativa para describir los contenidos en Internet que apuntan a generar ingresos publicitarios usando titulares y miniaturas de manera  y engañosa para atraer la mayor proporción de clics posibles. Primero vilipendiado, rechazado por los grandes medios de información y las grandes plataformas, después, técnica de redacción obligada en cualquier titular periodístico que se precie. Un ejemplo más de que las primeras intenciones no cuentan. 

Qué diría Jame Joyce de la proliferación de etiquetas que se estila hoy en el mundo de Internet, de la celeridad y la contraposición de informaciones; no lo planteo como un reproche, ni mucho menos, sino con curiosidad; tal vez, sería un creador de contenido digital verdaderamente adictivo. Desde luego el autor irlandés fue el precursor del «storyteller», su vida y su obra están intrínsecamente unidos.

Leo un artículo donde se describe que la Biblioteca de Leópolis, centro turístico, cultural y educativo más importantes de Ucrania, se ha convertido en un refugio para doscientos ucranianos, ya nadie acude a por libros, los sótanos se han convertido en fortines subterráneos donde se confeccionan redes de camuflaje para la resistencia. En Kiev, un escritor ucraniano, Lev Shevchenko, ha cubierto con libros una de las ventanas de su casa, para protegerse de los bombardeos. Las primeras intenciones no cuentan. ¿O sí?

Hace años empecé a leer Ulises, la novela me venció, no pude acabarla. Quizá sea hora de retomar esa primera lectura.

Poeta y escritora

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