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crónicas desde la orilla

Truman y la canícula

Anhelo el calor sofocante en la ciudad, un sueño de verano donde la ropa se pegue al cuerpo y  la piel sea piel, tenue barrera que acaba en las suelas de los pies; pero el viento salado y rudo del mar cantábrico  bautiza  mi barrio y hace que ese sueño sea inalcanzable. La humedad no acaba de abandonar los huesos este año en el que durante meses han sido huesos anquilosados, ocultos a la luz del sol. Las noticias anuncian la llegada de la canícula en la mayor parte de la Península, puede que por eso sea perentoria la necesidad de hacerme de lecturas que me transporten a un escenario de calor, solo calor. Luz cegadora. O tal vez sea una excusa para releer novelas de los autores americanos sureños que tanto me gustan (Joan Didion, William Faulkner, Truman Capote…), cuyos libros están repletos de escenarios desérticos, aislados de la urbe, personajes solitarios y porches de madera donde atemperar el cuerpo y los pensamientos, antes de acostarse.

Las horas tediosas de verano se suceden más ágiles con un buen libro y una jarra de té con limón bien frío mientras los gatos callan al detectar el paso del caminante. 

Truman Capote y su antología de cuentos me acompañan en los primeros días de la época estival, mientras la casa colindante de mi urbanización todavía no ha sido habitada por sus propietarios como ha sucedido en años anteriores. Apenas he cruzado palabras con el dueño, pero mi naturaleza curiosa me ha empujado a asomarme a la ventana a ver si se pasaba otra tarde del verano leyendo como acostumbra. Este año no existirá tal fotografía en mi retina. Era médico. La casa se llenaba de señoras mayores y nietos alrededor de una mesa donde disfrutaban de la merienda. Muchos mediodías sus voces me despertaron de la siesta, a falta del ruido humano la naturaleza ha ido ganando terreno a las ausencias. El jardín de la casa acoge las flores de Bach entre flores silvestres y hortensias, el único limonero se ha despojado de sus frutos, muchos de ellos desintegrados entre la hierba seca; los gatos han copado la caricia de las hierbas altas, el frescor, la cautela. La obra y el talento de Truman Capote tiene algo de jardín abandonado. Exuberante. Mortal. Tras leer la novela de no ficción A sangre fría supe que iba a ser uno de mis autores predilectos, lástima que su producción literaria fuera de todo menos prolífica.

Como en el jardín de la casa colindante, en la antología de cuentos el lector encuentra todo tipo de especies, en este caso literarias, cada cual más genuina, en ellas se respira cierto halo de indiferencia. Como en Una Navidad (1982) donde describe el desgarro de un niño de padres divorciados, ambos ausentes, y el cual se ve obligado a viajar desde su adorada granja en Alabama, donde ha creado fuertes lazos de afecto con parientes mucho mayores que él, a Nueva Orleans, a pasar las navidades con su padre, al que ve como un extraño; o en Mojave (1975), cuyo protagonista es un niño martirizado por otro compañero de colegio. Sin duda, mi preferido es El halcón decapitado (1945), uno de sus primeros cuentos, en él que su protagonista, Vicent, trabajador de un galería, cada noche y cada mañana se encuentra en la puerta de su lugar de trabajo a una misteriosa mujer que acaba mostrándole un pertubador cuadro.

Truman Capote desde sus inicios literarios bebe de la realidad, como si esa realidad fuera el único elemento que fijara sus pies a la tierra, y es que la realidad nunca deja de ser áspera, como las ortigas que crecen ocultas en el jardín, o la ausencia de la noche al mañana de imágenes.

 

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También escribo poesía

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